Una extraña en casa de mis
padres
Sí eso era en la casa de mis
padres, después de llegar a la capital mi tía solía llevarme los viernes por la
tarde después del colegio a casa de mi familia. Yo tenía unos 12 años y mis
hermanos me trataban como una auténtica extraña… la verdad es
que los entiendo, como me iban a tratar si apenas sabían de mí, las pocas veces
que mi madre los llevaba a verme no era suficiente para que me trataran como una
hermana, para mí también fue difícil yo era la tercera de mis hermanos mis dos
hermanos varones mayores que yo eran completamente desconocidos para mí, y el
resto aún no se daban cuenta de lo que había entre nosotros.
De todas maneras solo me quedaba
los fines de semana y los domingos por la tarde me regresaba otra vez con mi
abuela.
Recuerdo cuando venían a
buscarlos para jugar y les preguntaban con curiosidad ¿y quién es esa niña?...
y ellos decían ah Isabel mi hermana pero no vive aquí. Poco a poco fui
ganándomelos y pasado un tiempo yo me sentía mejor con ellos jugábamos en los
barrancos buscando renacuajos, hacíamos carreras de ranas, jugábamos en las
higueras… y por las noches nos costaba dormir pues no parábamos
de hablar y hablar, yo les contaba todo lo que viví en Taganana a qué jugaba y
las cosas de las que carecíamos como lo del cuarto de baño y agua corriente….sabéis!! No me
creían, a ellos nunca les falto eso… ni tampoco el cariño y los besos de mis padres más el
calor de los hermanos.
Pero eso ahora no me importaba
ya estaba con ellos y me sentía como si siempre hubiera estado allí…. Todo era como
yo siempre había soñado solo que todo acababa cuando llegaba el domingo.
Un día le dije a mi abuela que
porque no me iba a vivir con ellos y a mi abuela la pobre le cambio la cara…
Aun me duele recordar las
palabras que me dijo “si ya no
me quieres te puedes ir cuando quieras”
No sabía luego como explicarle
que yo si la quería pero quería vivir con mis padres y hermanos y ya nunca más
estar sola.
No recuerdo bien cuando paso
pero pasado un tiempo me vi apuntada en el colegio de mis hermanos y viviendo
definitivamente con ellos. Ya no tenía que regresar los domingos a casa de mi
abuela, ya no habían lágrimas al despedirme y ya no tenía que soñar más con el
querer ser una de ellos…estaba en casa con mi familia.
Ahora pienso en ello y se me
encoge el corazón de pensar que el día más feliz para mí tuvo que ser el más
triste de mi abuela, ahora ella si se quedaba sola… (Ahora me
siento una egoísta) pero en aquel momento sé que no lo pensé y es más creo que no pensé como se sentiría
ese día. “Abuela te pido perdón “
Pero lo que yo no sabía es que
las cosas no iban a ser tan bonitas como yo imagine, las cosas se pusieron feas
pronto.
Para empezar lo de mí espalda
empeoraba en vez de mejorar, tuvieron que ponerme unos aparatos en la cama para
dormir por las noches, y aparte de lo molesto que era dormir así era tener que
aguantar las risas de mis hermanos. Tenía que dormir con unas coreas que me
agarraban la cabeza de la cual salían unas cuerdas en las que estaban
enganchadas unos sacos de peso para estírame la columna mientras dormía… realmente
aquello era incómodo. Pero imprescindible para estirarme lo máximo posible
antes de tener que llegar a operarme.
Pase tres años de idas y venidas
al hospital Ramón y Cajal de Madrid, tres meses de corsé y tres de escayola.
Mientras tanto aguantando todos
los desaires de mi madre, yo sabía que no me quería lo veía todo el tiempo, yo
que viví con mi abuela y nunca me falto unos zapatos ni unas bragas, ahora me
tocaba vestir de segunda mano y regalado. “Si” yo sentía que
mi presencia en aquella casa le disgustaba a mi madre, mientras mis hermanos me
tomaban más cariño y mi padre mas me demostraba su cariño mi madre no paraba de
hacerme de menos. Fue Estando de veraneo en la playa de Boca Cangrejo donde solíamos
hacer unas casetas y pasar los meses de verano donde ya no pude mas y estalle de
rabia… mi madre acababa de llegar de la laguna de las tiendas del Nº1 de donde
traía bañadores y toallas para todos menos para mí, cuando yo vi que repartió
todo lo que traía en las bolsas y desconcertada vi que para mí no había nada la
rabia me segó y me puse a llorar y a decirle que por qué siempre me hacia
aquellas cosas, por qué a mí no me trataba como a los demás de mis hermanos… en ese momento
llego mi padre y pregunto qué pasaba que
por qué yo estaba llorando y mi madre solo se limitó a decir… lo siento es
que se me olvida que ahora vive con nosotros, me sentí como un perro al que recogen
de la calle… sentí que estaba con ellos por pena o por yo
presionar tanto para querer estar con ellos no porque fuera su hija. Yo sé que
mi madre algo tenia contra mí, pero nadie me decía. Recuerdo que una vez de las
que baje para santa cruz para ver a mi abuela le pregunte que si yo no era hija
de mi padre, y por eso mis padres me mandaron a vivir con ella… pero mi abuela
me dijo que dejara de decir tonterías que yo estuve con ella para que no estuviera
sola y nada más, que ya mi madre se acostumbraría a tenerme con ellos.
Mientras tuve que aguantarme con
lo que había y si tenía que ponerme ropa ya husada me la ponía y si tenía que aguantar
la vergüenza de que la dueña de la ropa digiera que aquella ropa era de ella en
el colegio, pues me aguantaba, menos mal que por lo menos las bragas me las
compraba nuevas.
Para colmo una tía mía envicio a mi madre a jugar en el bingo y mi
madre muchas veces iba a cobrar el sueldo de mi padre y en vez de hacer la
compra y luego irse al bingo… pues no!! Ella cogía el dinero y marchaba corriendo a
ver si sacaba más. Y de esa manera y miles de veces nos vimos mis hermanos y yo
sin nada que comer, yo jamás supe lo que era tener un vacío en el estómago, y pase
de no saber que era hambre a limpiar el pan duro que traía mi padre de los
bares para los conejos, le quitaba a muchos de ellos el moho verde que le salía
de estar en los sacos y los calentaba en el fuego con un tenedor para quitarle
el sabor y que quedara un poco más agradable de comer, veces le tocaba a mi tía
la de al lado y le pedía un huevo para acompañar el pan. Teníamos a mi tía frita… pues la mujer
nunca nos negaba el huevo pero sí que nos decía… yo no compro
los huevos para regalarlos. Más de una vez nos acostábamos a dormir y hasta nos
reíamos de haber a quien se le oía más las tripas del hambre… ¡¡cosa que no
era para reírse!!
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